Buenos Aires (EP) 03 Ene. – El superátivo del balance comercial energético entre octubre y noviembre fue de u$ 211 millones.

La economía medida en conjunto cayó 4% en octubre respecto de octubre de 2017; la industria 5,3% y el comercio, 11,2%; en un año se perdieron casi 120.000 empleos registrados, en blanco; el salario real promedio retrocedió 10,9% y las ventas de Navidad, 9%. Nada nuevo: todo lo que debiera subir, baja. Y al revés, la inflación siempre tira para arriba.

Hay sin embargo un buen indicio entre tanta pálida, por ahora es de poca monta aunque ya ha tomado la forma de una tendencia prometedora. Y es un buen indicio sobre todo viniendo de donde se viene: ocurre que, por primera vez en muchísimo tiempo y tras amontonar pérdidas millonarias en dólares, la balanza comercial energética anotó superávit durante dos meses consecutivos, octubre y noviembre pasados.

Fueron modestos US$ 211 millones, colados dentro de un año que será otro eslabón de un déficit colosal. Concretamente, del rojo de US$ 30.500 millones que se habrá acumulado desde 2011, cuando el bajón para entonces crónico de la producción interna de gas y petróleo liquidó el autoabastecimiento y las importaciones energéticas se convirtieron en una máquina de comer divisas.

El zafarrancho creado por el kirchnerismo -de Néstor a Cristina- tocó su pico más alto en 2013-2014, con importaciones que escalaron a US$ 22.200 millones. Y que continúan empinadas aun en los años de cruda recesión, como marcan los US$ 6.238 millones de los primeros once meses de 2018.

Antes, todavía y quién sabe por cuanto tiempo, esto significa dependencia externa de la importante, más una montaña de dólares que nunca sobran y que de algún lugar hay que conseguir.

El caso es que detrás de los mejores registros energéticos de octubre y noviembre ya empezó a jugar un factor que puede cambiar el panorama si no darlo vuelta: se llama Vaca Muerta o, mejor dicho, el petróleo y especialmente el gas de Vaca Muerta.

Primera tanda de datos: la producción de gas natural no convencional, o sea, Vaca Muerta, creció 34% en los últimos doce meses y nada menos que 47% en octubre. Mientras el gas convencional retrocede sin parar, el digamos nuevo avanza rápido y ya representa un 33,4% de toda la producción.

Segunda tanda, ahora sobre el petróleo. Para los mismos períodos, el no convencional anota aumentos del 39 y el 57% y aporta un 15% a la producción total. Igual que pasa con con el gas, el histórico sigue en retirada.

La diferencia que explica el crecimiento de un tipo de hidrocarburos y la caída de otros está en la inversión o, si se prefiere, en las ganancias enormes y continuas que promete Vaca Muerta y en los incentivos contantes y sonante que aporta el Estado. Finalmente, se trata del segundo reservorio mundial de shale gas y del cuarto de shale petróleo.

Pero entre uno y otro el Gobierno ha decidido apostar en grande al desarrollo del gas, tanto porque tiene un potencial de crecimiento mayor como porque resulta una pieza central en la estructura energética argentina. La prueba saltó en la decisión de subsidiar la producción de shale, aunque ahora sacudida por los vientos del ajuste fiscal.

Creado en 2017 por una resolución del entonces ministro de Energía, Juan José Aranguren, el sistema le garantiza a las nuevas inversiones una subvención igual a la diferencia entre un precio llamado “de estímulo” y el precio de venta del gas en el mercado interno. Este año la cuenta fue 7,50 contra 4,72 dólares y la consecuencia, un subsidio o un costo fiscal de entre US$ 1.000 millones y US$ 1.300 millones.

Con precios “de estímulo” declinantes -por ejemplo 7 dólares para 2019 y 6,50 para 2020-, aunque siempre por encima de la cotización internacional, el sistema tiene fecha de vencimiento a fines de 2021. Claro que en el medio se metió el ajuste.

En realidad, se metieron el ajuste y una disputa a alturas insostenibles entre Nicolás Dujovne y Javier Iguacel, el renunciado secretario de Energía que dependía de Dujovne.

Fuera de quien es el autor de la movida, porque la pelota pasa de un campo al otro, la cuestión consiste en reducir la compensación a la mitad; para el caso, de aquellos 1.000-1.300 millones a unos 650 millones. Y además acordar alguna fórmula con el grupo de 8 compañías, obviamente grandes, que entraron en el primer turno de modo de amortiguar ruidos. Finalmente, se trata de inversiones por muchísima plata.

Una interpretación nada descolgada de la medida hablaría de dificultades para llegar al déficit cero en 2019 y, quizás, de dudas sobre que en 2020 se pueda ingresar en zona de superávit. Pero segura, segura, la interpretación que manda plantea cumplir los compromisos asumidos con el Fondo Monetario.

Algo similar habría existido en la decisión de apurar los aumentos de gas, electricidad y transporte. Eso no sólo implica correr la brasa caliente lo más lejos posible de las elecciones sino, también, apurar la quita de subsidios y aliviar el frente fiscal.

Dólares nuevamente y siempre dólares imprescindibles son los que brotan de otras cuentas del balance comercial, no ya del energético sino del general. Ahora tocan tres meses de superávit consecutivos -septiembre, octubre y noviembre- y un rédito de US$ 1.572 millones.

No es una gran cosecha comparada con las necesidades de divisas que enfrenta el país, salvo que le agregue un poquito de contexto. Por ejemplo, que durante los mismos tres meses de 2017 el saldo había sido un rojo subido de US$ 3.221 millones y que, luego, en el neto entre un año y el otro, queda un beneficio de casi US$ 4.800 millones.

Existe un dato incómodo allí y surge del cómo se llegó a esos números. Es que el cambio se explica casi por completo en una fuerte caída de las importaciones, algunas del 40 hasta del 46% y son de aquellas que valen de verdad: máquinas y piezas y accesorios para máquinas, o sea, inversiones que no se agotan en si mismas, como podría ser la construcción de viviendas, sino de las que se proyectan hacia varias actividades.

Pariente directo de la recesión, el factor importaciones también va a estar presente durante buena parte de 2019. La gran noticia sería que también apareciera un salto considerable de las exportaciones, como el 17% que estiman algunas consultores. Sobre una base semejante, una de ellas le asigna al año próximo un superávit de US$ 5.500 millones que, si fuese cierto, implicaría una vuelta de campana completa: hasta noviembre el rojo acumulado en 2018 es de US$ 5.200 millones.

Un 2019 de tensiones electorales que previsiblemente se van a trasladar al merado cambiario y un mundo complicado, el Banco Central mide hoy mismo cuál sería en ese cuadro el mejor stock de reservas. Por de pronto, en 2018 la cuenta de los intereses de la deuda crece al 63% y suma $ 382.000 millones.

Gentileza Clarín