Neuquén (EPatagonicas) 13 de Octubre. – Un equipo de investigadores de la UNC estudia las especies locales. Fomentan los viveros y apuestan por una intensa educación ecológica

Cualquiera que intente evocar una imagen para representarse el Neuquén de tierras adentro no dudaría en referirse a un paisaje árido, erosionado por los vientos y dominado por una vegetación autóctona, dura y valiente, que le imprime su carácter patagónico. En esa imagen también hay espacio para actividades productivas en una compleja relación con ese ecosistema. Un vínculo que, desde hace años, es abordado por un grupo de investigadores que insiste en la revegetación como punto de partida para el equilibrio ambiental.

En términos científicos el 90% del territorio neuquino es caracterizado como árido o semiárido. Si bien se sabe que las actividades ganaderas e hidrocarburíferas son las principales causas de degradación ambiental en la región, a ciencia cierta no se puede decir cual es más perjudicial ya que la actividad petrolera es más intensa y focalizada, mientras que la ganadera es más extensa y permanente.

Además del vivero que tiene el grupo Larrea, hay otros cuatro proyectos en marcha. Dos de ellos los llevan adelante cooperativas de pobladores que ya pudieron conseguir contratos de comercialización con empresas del sector privado. Actualmente hay unos 25.000 plantines en cada establecimiento y no descartan que puedan multiplicarse en los próximos años.

Así lo tienen caracterizado desde el Laboratorio de Rehabilitación y Restauración Ecológica de Ecosistemas Áridos y Semiáridos de la Patagonia (simplificado en las siglas Larrea) que reúne a 15 especialistas provenientes de distintas disciplinas con asiento en la Universidad Nacional del Comahue (UNC).

Daniel Roberto Pérez, uno de los integrantes del grupo, apunta que el equipo funciona desde 2006 y, más allá de la tarea científica, también buscan un “cambio en la sociedad” respecto del modo en que se ve el medioambiente.

El equipo, que vincula a investigadores de la universidad y el Conicet, se dedica a restaurar y aportar soluciones a problemas ambientales como la degradación de ecosistemas áridos y semiáridos patagónicos, la pérdida de biodiversidad y la desertificación. Particularmente la preocupación está puesta en ecosistemas de monte y estepa patagónica y está dirigida “a aportar conocimientos sobre la sucesión ecológica en sitios con disturbios severos, la recuperación de servicios ecosistémicos, la gestión ambiental, la valoración de la biodiversidad y la integración de la dimensión social y educativa a los programas de rehabilitación y restauración ecológica”.

Gustavo Maionchi, ayudante de cátedra, explica los ciclos de la reforestación.

“En estos 11 años ganamos mucho conocimiento. Todas las tesis doctorales están articuladas e interrelacionadas y se refieren siempre a cómo recuperar los atributos del ecosistema que se perdieron por algún efecto antrópico”, indicó Pérez y agregó que “además queremos lograr un cambio de actitud en la sociedad para que los ambientes no se degraden más y que mejore el vínculo de la sociedad con los ecosistemas más próximos”.

El estudio de las variedades autóctonas permite avanzar hacia una remediación ambiental que sirva a contrastar el impacto de las actividades productivas. La reforestación también aparece para el equipo Larrea como un horizonte realizable materialmente y una práctica accesible tanto para emprendimientos de alto impacto como los de menor envergadura.