Santa Cruz (EPatagonicas) 10 de Agosto. – Se está hablando de 4000 kilómetros cuadrados de bosque argentino que ya no existen.

Al parecer, poco importa que estén identificados los 500 agentes principales que viven del negocio de la deforestación. Poco importa que sean corporaciones alimentarias las que más puntúen en el ranking asesino de las empresas examinadas. Poco importa que tres de los gigantes de la nueva economía (Rusia, China, India) sean los que más daño ocasionan a las selvas tropicales una vez que quedaron diezmadas las reservas de madera en Europa.

Poco importa que, a eso, se sumen la especulación inmobiliaria y la visión cortoplacista del sector agrícola con sus urgencias de soja. Se trata del problema ambiental, social y económico más grave del país. Y se trata de que es necesario hacer algo, y en lo inmediato, para frenar semejante atrocidad.

La superficie de bosque de Cuña Boscosa en Santa Fe tiene una tasa de deforestación anual de casi 20 mil hectáreas, una superficie mayor a la ciudad de Rosario. Lo poco que queda del Impenetrable chaqueño está en manos de organizadores de safaris de caza furtiva y de quienes talan y pescan de manera indiscriminada.

La destrucción del bosque tropical en el mundo entero afecta la disponibilidad de agua dulce, la biodiversidad y la vida humana. Pero no hay caso: se sigue pensando en el bosque como un recurso forestal infinito. Y, por ello, pasible de ser tomado por empresas que poco y nada tienen que ver con el cuidado y el uso racional de la materia prima. Hasta la sociedad y ciertos gobiernos suponen a los árboles como un bien inagotable.

Se sabe, pero nadie parece creer demasiado en eso, que el cambio climático y los bosques están íntimamente ligados. No se entienden los motivos como para que no se comprenda que los cambios que se producen en el clima mundial afectan a los bosques debido a que las temperaturas medias anuales son más elevadas, a la modificación de las pautas pluviales existentes hasta no hace mucho y a la presencia cada vez más frecuente de fenómenos climáticos extremos.

Se sabe, pero nadie parece hacerle caso al hecho de que los bosques, y la madera que producen, atrapan y almacenan dióxido de carbono, con lo cual contribuyen considerablemente a mitigar el cambio climático. Ni siquiera parece comprenderse demasiado bien que, luego de una tala indiscriminada de un bosque, al llover, el agua no retenida escurre cuenca abajo encontrando, en muchos casos, a las ciudades donde la población humana se halla muy concentrada.

Dicen los expertos y los miles de informes que “la eliminación de bosque significa alterar el modo en el que cicla el carbono; es decir, en que se vuelve más disponible en la forma más oxidada, que es el dióxido de carbono. Los cultivos y pastizales también retienen una cantidad de carbono y agua. Pero, debido principalmente a su escasa biomasa, es decir materia orgánica acumulada, y la vida más corta de sus organismos, la materia cicla de un modo más veloz”. Nadie parece escucharlos.

Dicen otros expertos y sus miles de informes que “el modelo y sistema económico actual exige crecimiento y desarrollo, y pareciera que esta concepción del mundo moderno se estableció en nuestro pensamiento y no podemos imaginar alternativas. El modelo económico se basa en la concentración de capital, materia, seres humanos y el resultado es la sociedad moderna civilizada”. ¿Civilizada?

En el reverso de la medalla sucede que la destrucción, explotación excesiva o incendio de los bosques puede producir dióxido de carbono, gas responsable del efecto invernadero. Todos lo saben, muy pocos lo impiden.

Los combustibles fósiles liberan dióxido de carbono al quemarse e incrementan la presencia de este gas en la atmósfera que, a su vez, contribuye al calentamiento del planeta y el cambio climático. También se sabe, tampoco se impide.

Ya van 400.000 hectáreas menos. Es momento de llegar a esas alternativas de las que todos hablan y pocos llevan a cabo.