Chile (EPatagonicas) 17 de Septiembre. – Chile es un país diferente, que poco tiene que ver con los de su alrededor. Muy orientado a las políticas de mercado, se convirtió en el primer estado de la zona en ser miembro de la OCDE en 2010. Gracias a esta ventaja, el PIB chileno ha tenido un crecimiento elevado, en torno al cinco por ciento de media anual entre 2003 y 2013, así como una de las renta per cápita más altas de la región. Pero su economía basada en el sector servicios y la minería, especialmente el cobre, le ha hecho ser vulnerable a la caída del precio de este mineral, del que es principal exportador mundial. Este hecho ha provocado además una dinámica de disminución de la inversión lastrando su PIB hasta el 1,8 por ciento en 2014, momento en el que la actual presidenta, Michelle Bachelet, se incorporó al Gobierno para iniciar su segundo mandato.

En materia energética, el país se ha enfrentado tradicionalmente a altos precios de la electricidad debido a su costosa distribución y a varios obstáculos para la importación, haciendo cada vez más necesaria la diversificación de su matriz energética, acuciada por el rápido desarrollo de consumo y la escasez de recursos fósiles propios. Esta situación, que contrasta con la riqueza de hidrocarburos de sus países vecinos, le obliga a importar la mayor parte de la energía que consume, sobre todo carbón, petróleo y derivados (ver gráficos 1 y 2). De hecho, la mayoría del petróleo que se refina en Chile viene de Brasil, Ecuador, Colombia, Perú y Argentina, según la Administración de Información de Energía de Estados Unidos (EIA, por sus siglas en inglés). Sin embargo, EEUU es el principal origen de las importaciones de productos refinados de petróleo de Chile.

Gráfico 1: Matriz energética chilena

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Frente a esta situación, la quinta economía de América Latina lucha por sacar provecho a la abundancia de energías renovables que posee (hidroeléctrica, biomasa, eólica y solar) y aprovechar que es el país más estable de la región para invertir. Así lo destaca el informe Recai sobre atractivo de inversión en energías renovables, elaborado por EY, donde Chile aparece en el cuarto lugar en el ranking mundial, solo después de EEUU, Canadá y México. “A pesar de ser un mercado de energía relativamente pequeño, Chile continúa atrayendo gran cantidad de proyectos de generación eléctrica, y ha sido uno de los primeros mercados del mundo en permitir económicamente proyectos renovables viables y competir directamente con otras fuentes de energía”, según resaltan los analistas de Ernst and Young (EY). Por eso, el Gobierno de Bachelet lanzó en 2015 la Agenda 2050 para impulsar la generación a partir de renovables y mejorar el posicionamiento del país dentro del mercado del Gas Natural Licuado (GNL).

La inversión en energía e infraestructuras concentra el 67,5 por ciento de la inversión activa en Chile en 2015, con 82.174 millones de dólares y 411 proyectos energéticos y 34.730 millones destinados a infraestructuras, según el Catastro de Proyectos de Inversión de Sofofa. Pero el asunto clave son las infraestructuras debido a las dificultades de conexión a la red, que se compone de dos sistemas muy separadas entre sí: el Sistema Interconectado Central (SIC), que alberga la generación hidrotérmica y cubre las regiones del centro y sur del país, incluso el consumo de la capital, Santiago. Y por otro lado, el Sistema Interconectado Norte Grande (SING), que acoge la generación térmica y proporciona demandas primarias de energía eléctrica para las industrias de minería y minerales en el norte del país. Aproximadamente un tercio de la capacidad y la generación eléctrica de Chile son atribuibles a las centrales hidroeléctricas, que junto a termoeléctrica (que aporta más de la mitad) proporcionan gran parte de la energía eléctrica de Chile. La hidroelectricidad ha sido durante mucho tiempo el punto fuerte de la matriz chilena, hasta que empezó a generar polémica. En la década de los 90, tras la privatización del sector eléctrico, las sequías y las consecuencias medioambientales de la construcción de centrales, forzaron al Gobierno chileno a fomentar el uso de gas natural importado desde Argentina.

Las posibilidades del GNL

Los más de cuatro gasoductos que se construyeron desde entonces, permitieron recibir gas a bajo coste, transformado posteriormente en las plantas de ciclo combinado. En 2004, el gas natural representaba el 26 por ciento del consumo total de energía de Chile, de los cuales 80-90 por ciento provino de Argentina. Sin embargo, ese año el Gobierno argentino empezó a restringir las exportaciones para aliviar su propia escasez de gas doméstico. Así, el socio comercial principal se convirtió en la fuente principal de sus problemas. “Esta crisis obligó a los principales generadores, Endesa, AES Gener, Colbún, a sustituir la electricidad obtenida a través de la quema de gas, por operaciones de diésel, mucho más costosas”, explica Carlos Salas, analista de International Association for Energy Economics.

Tras los cortes de suministro, Chile ha intentado diversificar sus orígenes y mejorar la recepción de Gas Natural Licuado. En 2007 el país aprobó varios proyectos gracias a los cuales Chile tiene ahora dos terminales de regasificación cerca de las dos grandes ciudades de Valparaíso y Santiago. Mejillones, en el norte, y Quintero, que fue la primera planta de GNL del continente.

El Ministerio de Energía actual pretende continuar por esta línea. La petrolera estatal ENAP comenzó a importar GNL de EEUU en junio desde la terminal de exportación estadounidense de Sabine Pass. Por otra parte, ENAP ha tenido éxito con la explotación de la cuenca de esquisto Magallanes en la región sur de Tierra del Fuego. Se calcula que estos pozos exploratorios tienen cerca de 4,2 billones de pies cúbicos diarios de gas, según la EIA. Estos esfuerzos han sido un intento de satisfacer la creciente demanda, que ha provocado un aumento drástico de la generación de energía a partir del carbón y el gas natural en los últimos años, sobre todo a expensas de la generación de gasoil, según las estadísticas de la Comisión Nacional de Energía.

Un futuro renovable

Las energías renovables son la gran apuesta del Gobierno de Bachelet, quien aprobó en enero su nueva política energética ‘Energía 2050’, donde se establece que el 70 por ciento de la matriz eléctrica chilena esté ocupado por energías renovables no convencionales (ENRC). En la actualidad, el objetivo es alcanzar el 20 por ciento en 2025, pero se espera que cumpla esta meta antes de tiempo gracias al aumento del 6,8 por ciento anual de capacidad instalada en la última década. Según el Ministerio de Energía, en 2005 existían 286 megavatios (MW) de capacidad ERNC instalados, mientras que en septiembre del 2015 se ha alcanzado un total de 2.135 MW pasando a constituir un 11,43 por ciento de la generación eléctrica del país en el mes de octubre del 2015, según datos oficiales.

La eficiencia y el respeto a los compromisos asumidos por la COP21, también serán una parte importante de esta planificación, que incluye proyectos de “eólica y solar costo-eficientes,” que concentran la mayoría de la cartera, así como la geotermia (ver gráfico 4). En los últimos años se ha incrementado el interés por el potencial geotérmico del país, tras la polémica campaña de prospección de ENAP y Enel en la región El Tatio, que sufrió un fuga. También, los proyectos solares en el desierto de Atacama se han multiplicado, creando incluso excedente y la capacidad eólica se ha incrementado un 185 por ciento en 2014, hasta los 836 MW, según la EIA.

A partir de 2018, el Gobierno de Bachelet ha decidido finalmente apostar por la energía hidroeléctrica como una fuente relevante. “En un país en el que existe un buen potencial para tener energía embalsada, se deben explorar las posibilidades de su uso al máximo posible, resguardando la sostenibilidad ambiental antes mencionada, y también evaluando los impactos que el cambio climático tendrá sobre la disponibilidad hídrica futura”, afirma el documento, que estima en 16 GW de potencial hidroeléctrico del país. El mejor ejemplo es la planta Ralco de Endesa de 570 MW sobre el Río Biobío, que es la planta de energía más grande de Chile.

El reto a partir de ahora será mantener el ritmo de desarrollo de los proyectos de energía y la inversión, tras superar obstáculos como los altos costes iniciales, la oposición de las comunidades locales, la falta de interés en los contratos a largo plazo y los retrasos en los proyectos, opinan los expertos. Realizar una modificación sustancial en la Ley General de Servicios Eléctricos para adaptarla a los últimos desarrollos del sector, es otra de las reivindicaciones. Bachelet ha reformado varias leyes e introducido incentivos para las empresas, pero aún se consideran medidas insuficientes para el nuevo entorno.