Buenos Aires (EPatagonicas) 23 de Agosto. – El año pasado, Argentina produjo 30.8 mil millones de metros cúbicos de gas. Los argentinos consumimos 1.006 metros cúbicos por año por cada uno. Si tenemos en cuenta que superamos apenas los 43 millones de habitantes, necesitamos para satisfacer nuestro elevado consumo (el más alto de América Latina) 43.2 mil millones de metros cúbicos. Por esa sencilla razón, hay que importar. O bajar el consumo.

Por más vueltas políticas que se le den al asunto, no hay muchas más soluciones a la vista. Ni aquí ni en la China. La tozudez y la ignorancia que nos distinguen, hermanadas por la soberbia nacional, nos hace reacios a admitir el atraso, la decadencia, el pozo energético en el que hemos caído. Consumimos como reyes, pero producimos como mendigos. Gastamos solo en la llama de los pilotos de calefactores y termotanques lo que produce en un día un yacimiento de gas que promedie los 3 millones de metros cúbicos. Es decir, necesitamos un yacimiento por día nada más que para satisfacer nuestra cómoda haraganería.

Estamos en esta situación después de tirar manteca al techo, como nuestros abuelos oligarcas cuando viajaban a París y se ahogaban en champagne, llenos los bolsillos por la exportación de trigo y de carne. En los ’90, cuando Loma de La Lata les parecía a los políticos inagotable (no a los ingenieros, no a los geólogos, no a los científicos) y se planteó hacer Chihuido I y II, la respuesta del gobierno nacional fue un “no” rotundo, ya que “es más barato” producir electricidad con el gas. En 2003, con Néstor Kirchner recién asumido, se dijo exactamente lo mismo: ¿para qué hacer esa obra fastuosa, si hay gas para tirar para arriba?

Por aquellos años, tan cercanos que tornan obscena nuestra ausencia de memoria, de conciencia, de racionalidad, se impulsaba el híper consumo de ese combustible fósil y no renovable, tan barato. Se ampliaron todas las redes de gas del país. Se impulsó el uso de gas en los automóviles, y hasta se especuló hacer lo mismo con los colectivos y camiones. Coronamos esa obra maestra del terror ignorante, con el congelamiento demagógico de las tarifas, pues al salir de la convertibilidad se previó que vendría su majestad la inflación, la depreciación del peso, y nuestro querido pueblo debería poder vivir dignamente, por lo que ¿cómo vamos a aumentarle algo tan esencial como el gas que le dimos a tantos hace tan poco?

Las tarifas permanecieron congeladas 12 años, con este que ya se pasa, 13. Al mismo tiempo, la producción se cayó año a año, Loma de La Lata quedó prácticamente agotada. El gas ya no alcanzó para exportar, y finalmente, tampoco para el mercado interno. Con el 80 por ciento de la generación eléctrica producida por combustibles fósiles en centrales térmicas, también empezó a escasear (otra vez) la electricidad. El gobierno de Kirchner empezó, entonces, a importar. De los países gobernados por nuestros hermanos del alma, Bolivia y Venezuela. El gas boliviano resultó poco e impredecible; el petróleo venezolano, una porquería cara. No alcanzó nada, y entonces empezamos a traer gas líquido en barcos, instalamos plantas re-gasificadoras, y metimos en los caños gas de otros continentes. Mientras llegamos a pagar casi 20 dólares el millón de BTU de ese gas, a nuestros productores, como Neuquén, le seguimos pagando menos de 2 dólares.

Los subsidios a la energía crecieron así tanto que fueron tapa de los diarios.

Así, ganó Mauricio Macri las elecciones, y tuvo que enfrentar el dilema. Pensó que era relativamente fácil, que solo había que decir la verdad. Nadie puede gobernar con eso: Macri se estrelló contra el muro de las buenas intenciones, salpicado con sangre desde los héroes de la Revolución de Mayo hasta el presente. Nadie entendió por qué no se hicieron las audiencias públicas (la, en realidad, con una bastaba) antes de fijar el nuevo cuadro tarifario. El año se pasó en estos tropezones siempre con la misma piedra. Todo siguió igual: nosotros gastando más de 1.000 metros cúbicos de gas per cápita, el país importando gas (ahora también de Chile, una rareza, si se tiene en cuenta que no produce gas, sino que solo lo recibe y lo revende), y media clase política afirmando que se puede vivir en Disneylandia.

Fuente Rubén Boggi