Chubut (EP) 13 de Ago. – Sobre los cerros, cerca de la ruta nacional Nº 3, en inmediaciones de los barrios, los aerogeneradores eólicos están quietos. Son 26 molinos que desde 2013 no generan nada, pero que supieron tener protagonismo promediando la década del 90. El Parque Eólico Antonio Morán es hoy una mezcla de museo al aire libre y muestra de un reto que no salió bien.

Hay algunas ideas de reactivarlo, pero falta la inversión necesaria para hacerlo. Los proyectos de reactivación anunciados en las últimas dos gestiones municipales (con fondos mixtos y con fondos privados) quedaron en los archivos. Tanto “Vientos de la Patagonia” a través de ENARSA (la empresa nacional de energía) como una iniciativa mixta que tendría a la empresa Telinfor como socio, están congelados.

El parque que hizo historia parece haber quedado relegado en medio de iniciativas monumentales, más recientes, que colocan a la generación eólica en otro nivel.

En la SCPL no se resignan e insisten en que se puede recuperar el parque que hizo historia, repotenciarlo, conseguir los repuestos para que los molinos daneses vuelvan a generar y reemplazar los españoles por otros que resistan y aprovechen mejor los vientos de la región.

Inaugurado en 1994 con los dos primeros molinos de 250 KW de potencia instalada cada uno, ampliado en 1998 con todos los ojos y flashes puestos en esta ciudad, y con una nueva expansión en 2001, con la incorporación de 16 aerogeneradores españoles, no es ni la sombra de lo que fue. Diecisiete megas que parecen pocos frente a actuales proyectos de 50 o 100 MW de potencia pero que en su momento marcaron un hito.

No fue negocio

“No era el momento”, “se adelantaron al tiempo”, “el contexto no acompañó a este tipo de energías” son algunas de las frases que esgrimen quienes permanecen en la Sociedad Cooperativa Popular Limitada desde que aquello era en un proyecto.

Hoy, ver los parques eólicos que se desarrollan en distintos puntos de la Patagonia, la demanda por este tipo de energía, los réditos que produce es un dedo en la llaga para quienes apostaron por la energía eólica hace más de 20 años.

En la cuenta final, el parque no llegó a remunerar la inversión realizada. Ni pensar en las ganancias actuales, o las que alcanzó tiempo atrás el parque de Rawson, con 127 dólares el Mw/h y con licitaciones que garantizan un valor de entre 55 y 60 dólares cada megawatt/hora generado.

El proyecto de la SCPL no apuntó a despachar energía al mercado, como los actuales, sino que nació mientras se desmontaban los motores que generaban energía a partir del gasoil en la Central de Playa Sud. Entonces, la decisión era contar con una alternativa que llegara a cubrir el 20 por ciento del consumo de los propios asociados a la Cooperativa. El parque generaba la energía de 7.000 hogares, a fines de los 90 y llegó a producir para más de 17 mil usuarios residenciales.

No había subsidios ni programas de incentivo, acaso no había planes que involucraran grandes proyectos eólicos. El marco regulatorio llegaría en 2009, cuando el Parque estaba en su ocaso.

A eso se sumó la salida de la convertibilidad, un golpe fuerte para una entidad que recién cerraba la compra de los molinos españoles, en dólares.

Por otro lado, el congelamiento del valor de la energía durante casi una década que llegó al piso alrededor de los 10 dólares por MW/h, no hacía atractivo seguir apostando por la generación.

Bonos de carbono: un hito en tiempos de tormentas

De todas maneras, los primeros años del nuevo milenio tuvieron sus momentos buenos, como el récord de generación alcanzado en 2003 o la histórica venta de Certificados de Reducción de Emisiones (CER´S) o bonos de carbono a Japón en 2007. Entonces, la venta alcanzó 1,1 millones de dólares a la fundación Japan Carbon Finance (JCF), formada por 33 entidades públicas y empresas privadas.

Con este proceso, la SCPL protagonizó el primer contrato que se firma entre una asociación argentina y una japonesa en el marco del Protocolo de Kyoto de 1997, uno de cuyos mecanismos permitía a los proyectos que reducen las emisiones de gases de efecto invernadero vender esas certificaciones (o bonos verdes) a los responsables de tales emisiones, como una compensación por el daño ambiental que provocan.

Pero mientras tanto, la Cooperativa seguía enfrentando la deuda con los españoles que llevaría casi 17 años terminar de pagar.

Gentileza Diario Crónica CRV