Mendoza (EP) 02 de Ene. – La provincia ha dejado, al parecer, la posibilidad de desarrollar la exploración de la minería metalífera a gran escala. Ahora, Rodolfo Suarez está obligado a buscar otro rumbo para el crecimiento económico.

Es increíble pero cierto; la columna vertebral del gobierno de Rodolfo Suarez se ha quebrado por la mitad a menos de veinte días de empezar a moverse. El nuevo gobierno, asumido el 9 de diciembre, tiene que reformularse y salir a buscar nuevos horizontes, nuevos sueños y otros objetivos de los que asirse para reformularse, a nada de tomar vuelo.

Suarez, en su fuero íntimo, pretendía suceder a Alfredo Cornejo y completar el trabajo que su antecesor y cuasi mentor había iniciado, ordenando el Estado: esto es, poner en marcha la economía de la provincia sobre la base de la enorme capacidad emprendedora de un pueblo preparado para crear empleo, dinamizar la construcción, el comercio y todos los aspectos de la industria, la metalmecánica, la logística en general, cuando tiene las condiciones y se predispone para cumplir esos objetivos.

Se trata, todavía, de una gran incógnita y por demás apresurado eso de aventurar que el nuevo gobernador ya perdió o dilapidó su capital político cuando decidió pedir la derogación de la ley 9.209, que es la que había suplantado a la norma antiminera (la 7.722) y que reinaba desde el 2008 a la fecha, cuando apostó fuerte y de entrada a permitir el desarrollo de la minería metalífera a gran escala, como lo había soñado y propuesto durante la campaña electoral previa a los comicios que lo terminaron depositando en la primera magistratura provincial.

Tras el recule de los cambios para posibilitar el arranque de la minería en Mendoza, no fueron pocos los que, más rápidos que un rayo, se preguntaron si a Cornejo le hubiera pasado lo mismo en caso de que una fuerte manifestación popular contra alguna de sus medidas se le hubiese presentado. En primer lugar, hay que señalar que Cornejo llevó adelante una enorme tarea basada en la recuperación del Estado como herramienta para quienes lo sostienen, es decir, todos los contribuyentes, colocando en blanco sobre negro lo que para el común de los mortales se trataba y se trata, claro está, de un mandato único e irrenunciable.

En segundo término, el hoy diputado nacional identificó lo que, se suponían, eran los bolsones de improductividad que impedían el normal funcionamiento del Estado. Y allí se concentró en hacer trabajar a los docentes que no lo hacían con el alumbramiento del ítem aula, llevar adelante negociaciones salariales con los sindicatos estatales, basadas pura y exclusivamente en lo que se podía pagar, bajar el número de funcionarios políticos, evitar engordar la planta de trabajadores públicos, sostener al mínimo indispensable el pago de los adicionales y de las mayores dedicaciones, buscar la transformación de la Justicia y demás.

Como se ve, fueron todos objetivos que afectaron a un universo determinado, como el de los empleados públicos, los dirigentes sindicales e, incluso, a los proveedores del Estado, a los que se les determinó, en muchos casos, que fijaran precios a sus productos acordes con la realidad y hasta un poco más bajos que sus competidores, precisamente, para disminuir los costos en general de un Estado que se había acostumbrado a vivir de prestado –como casi siempre, igual que muchas de las empresas que se han engordado a su sombra– y sin pagar sus propias deudas. Los sindicatos protestaron por el ítem aula –en particular los docentes, claro está–, por la rebaja en los adicionales, por las duras negociaciones para mejorar los salarios de sus representados y mucho más. Fueron luchas que no generaron ni causaron empatía en el resto de la sociedad, que festejó que el Estado comenzase de alguna manera a funcionar como lo pretende. En concreto, Cornejo llevó adelante luchas para las que contó con el apoyo mayoritario de la Sociedad, fuese o no de su mismo color político e ideología.

Suarez jugó fuerte con un tema controvertido que el círculo rojo (empresarios, medios, intelectuales, académicos y otros) creía que sería más simple, menos complejo llevar a la práctica, y está claro que ocurrió lo contrario. Mendoza ha decidido, según parece, dejar de lado la posibilidad de desarrollar la explotación de la minería metalífera a gran escala, aquella que necesita de sustancias como el cianuro o el ácido sulfúrico para separar el cobre y el oro, por caso, de la piedra que lo contiene. Y, con eso, además, decidió que es mejor seguir como estamos antes que apostar por ese tipo de minería para aliviar en parte, al menos, la situación económica que se padece.

Suarez está obligado, de ahora en más, a buscar otro rumbo al necesario crecimiento económico, al menos, ese que depende de la provincia, de su gobierno, por fuera de los movimientos condicionantes de la macroeconomía que está en manos del Gobierno nacional. Y lo tiene que hacer obligado para no perder en credibilidad y confianza, más allá de la bronca que lo debe envolver por ese no rotundo que le ha dado a su idea e iniciativa buena parte de la sociedad, quizás, una mayoritaria, por supuesto. Las perspectivas y alternativas no son muchas ni tan promisorias: la vitivinicultura, cada vez más encerrada en un buen negocio, pero de culto, de nicho, más que popular y masivo; la agroindustria, con graves problemas de competitividad, y la metalmecánica, esperando el milagro de un boom vinculado con la obra pública (Portezuelo del Viento, entre ellas).

Queda el desarrollo de las nuevas tecnologías y el de las energías limpias y, por sobre todo, un esfuerzo colectivo para identificar un horizonte que satisfaga a la mayoría, un camino que, al menos, permita alimentar una esperanza para disminuir el 40 por ciento de pobres, la indigencia y ese casi 10 por ciento que se tiene de personas sin empleo si se toma toda la provincia. Y para identificar ese camino todos son responsables, incluso aquellos, que con razón y justicia –porque el Estado no les da confianza ni garantías– se opusieron al desarrollo de la minería: en concreto, todos somos responsables del futuro y de elegir cómo y de qué manera crecer.

Gentileza El Sol