Medio Oriente (EPatagonicas) 01 de Junio. – Las grandes preguntas ahora son si nos hallamos ante un verdadero punto de inflexión, si la subida va a tomar la espiral ascendente de una vertiginosa escalera de caracol a medio y largo plazo y si la cumbre de la OPEP, el cártel de los grandes países exportadores, en junio servirá para acelerar el ascenso.

La primera cuestión tiene una fácil respuesta según un informe reciente del servicio de análisis de Goldman Sachs. Efectivamente, dice, las caídas que atemorizaban a la industria en 2015 no deberían volver ni a insinuarse este año y nos encontramos, por lo tanto, ante un obvio punto de inflexión. ¿Por qué?

Fundamentalmente, porque se ha devastado la capacidad productiva de muchas potencias petroleras en general y del sector del gas y el petróleo no convencional (shale) en particular al mismo tiempo que han empezado a surgir graves disturbios en Kuwait, Nigeria, Venezuela e Irak que han interrumpido parte del suministro. La reducción de la oferta ha frenado el desplome del precio del crudo.

Añadido a eso, el reciente debilitamiento del dólar en los mercados ha contribuido a que las economías emergentes –grandes consumidoras de materias primas con fines industriales– sufran menos de lo esperado en su transición hacia el equilibrio de sus finanzas públicas, terriblemente lastradas por la deuda y muy influenciadas directa e indirectamente por la fortaleza de la divisa americana.

El triángulo maldito de Arabia Saudí-Rusia-Irán hace imposible un giro en la Opep

Las consecuencias de un dólar fuerte son complejas y peligrosas para los emergentes (EM). No solo encarece sus créditos en dólares, sino que impulsa el valor de los activos en moneda estadounidense. Esos activos, que tienen ya de por sí más tirón en los momentos de incertidumbre económica mundial como el que atravesamos, tientan y se llevan a un buen pedazo de los inversores que ponían su dinero en los emergentes y que estaban empezando a ver que estas economías ya no crecían como antes. Las fugas de capitales son la consecuencia.

Esas fugas de capitales y el aumento de los costes de la financiación (tanto en dólares como en moneda local, porque todos los nuevos bonos soberanos se ven obligados a pagar más intereses ante la falta de compradores) han sido menos duros gracias al debilitamiento de la divisa estadounidense en los últimos meses. Los ajustes también lo han sido y eso ha permitido que la demanda de materias primas de los emergentes, entre las que se encuentra el petróleo de forma prominente, no haya caído tanto como se temía.

China merece una mención aparte. La segunda economía mundial y gigantesco consumidor de combustible, que había dado muestras de debilidad, ha arrojado algunos datos esperanzadores tanto en el ámbito crediticio como en el comercial y, a pesar de eso, la Reserva Federal no ha caído por el momento en la tentación de subir los tipos y parece difícil que lo haga a corto plazo después de las decepcionantes cifras de crecimiento del primer trimestre en Estados Unidos, que fueron las peores de los últimos dos años.

En resumen, durante los primeros seis meses de 2016, advierte Goldman, las petroleras y los países productores han sido los felices jinetes de un círculo virtuoso para los precios del barril. Así han cabalgado a lomos de Pegaso: la estrategia de Arabia Saudí y las monarquías petroleras del Golfo funcionó a la hora de destruir a una parte importante de su competencia, los emergentes, en plena industrialización intensiva en fuel, han tomado algo de oxígeno gracias al relativo alivio de los costes de financiación y la fuga de capitales y, finalmente, la Reserva Federal no ha impulsado el dólar ni siquiera ante las mejores perspectivas de China.

Alas de gorrión

La gran pregunta ahora es si, como decíamos más arriba, la subida del barril va a tomar la espiral ascendente de una escalera de caracol a largo plazo. Aquí es donde las alas de Pegaso empiezan a flaquear. Volar, sí, dice Goldman, pero más como gorriones que como águilas.

Según las proyecciones del Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial, la recuperación global, como anticipan los datos de crecimiento del primer trimestre en Estados Unidos, el obvio derrape de la Unión Europea o los niveles de endeudamiento (sobre todo privado) de los emergentes, será frágil durante años. Eso descarta en principio un vuelco fabuloso en el consumo de crudo aunque la oferta descienda. Hacen falta compradores; no solo vendedores.

La escalada del precio del crudo será lenta a largo plazo

A pesar de que los mercados financieros parezcan dar por hecho que, a finales de 2016, la demanda de fuel convergerá con la oferta y que los precios subirán decididamente a partir de entonces, Ángel Saz-Carranza, director del ESADE Center for Global Economy and Geopolitics (ESADEgeo), no lo ve tan claro. “Estamos presenciando un recalentamiento, porque una cosa es que los mercados descuenten un repunte gradual para este año y el que viene y otra que asuman que va a ser relativamente fuerte”. Si se confirma el recalentamiento, entonces se producirá una corrección, es decir, un frenazo en la escalada del barril y una subida más lenta después.

Una de las razones de la corrección sería que las consecuencias de la crisis sobre el consumo siguen entre nosotros –desde el vacío y el paro que dejaron las quiebras hasta las maltrechas finanzas de las empresas que han sobrevivido–. Gonzalo Escribano, responsable del Programa Energía y Cambio Climático del Real Instituto Elcano, recuerda que “estos años la destrucción de la demanda en Estados Unidos, en Europa y hasta en China ha sido enorme”. Las heridas, que tardarán en cerrarse, se traducirán en un menor consumo de combustibles fósiles.

Por si esto fuera poco, la oferta de crudo no ha descendido tanto como podría haberlo hecho. Muchas instalaciones petrolíferas no rentables ahora mismo han permanecido abiertas, porque asumen que los precios volverán a la normalidad en pocos años. Matthew Bey, analista de energía del think tank estadounidense Stratfor, recuerda también en este sentido que la industria estadounidense del gas y el petróleo de esquisto está mostrando una resistencia asombrosa.

Además, todo apunta a que la oferta se va a ver constantemente reforzada por la lucha entre Irán y Arabia Saudí por la hegemonía en Oriente Medio. Irán ha amenazado a Riad con que no se detendrá hasta llegar a producir tanto como antes de las graves sanciones que ha sufrido por su programa nuclear en los últimos diez años. Esto significa, advierte Escribano, “que un halcón como Irán, que siempre había defendido los precios altos del barril, hoy está dispuesto a aumentar la producción aunque el barril esté bajo y tarde más en subir”.

En estas circunstancias, Arabia Saudí y las monarquías petroleras del Golfo han dejado claro que si Teherán no cede, ellos tampoco. ¿Quieren aumentar la producción? Perfecto, ellos extraerán más crudo y lo enviarán a los mercados internacionales para no perder cuota comercial. Aunque eso signifique que su principal fuente de ingresos sea anémica durante años, que incurran en déficits históricos superiores al 10% del PIB y que se vean obligados a privatizar y diversificar parte de sus economías, algo que los enfrentará con poderosos intereses creados dentro sus propios regímenes.

La Reserva Federal es uno de los motores de la apreciación del barril desde enero

Por si eso fuera poco, recuerda Escribano, Irak y Libia, dos importantes productores, podrán incrementar su oferta sin las restricciones de la OPEP porque son áreas en grave conflicto. Para cerrar el círculo, advierte Goldman, los problemas de suministro asociados con el deficiente mantenimiento de algunas plataformas petrolíferas en el Mar del Norte, la huelga de los trabajadores de las plantas en Kuwait y los estallidos de violencia en las calles de Nigeria no parece que vayan a pasar a mayores y cualquier impacto sobre la oferta será mínimo a largo plazo.

Todo ello –el refuerzo de la producción de Irán, la respuesta de las monarquías petroleras del Golfo en clave de desafío geoestratégico, la solución a corto plazo de los problemas de suministro en Kuwait, Nigeria y el Mar del Norte, y la bamboleante, frágil y progresiva estabilización de Irak y Libia– juegan en contra de una apreciación rápida del barril a largo plazo. Además, la escalada volverá rentables cada vez más localizaciones y países que, aunque tengan sus infraestructuras muy malheridas, se lanzarán a extraer y exportar casi a la desesperada (un ejemplo muy obvio es el de Venezuela). La oferta, en definitiva, volverá a incrementarse. No habrá escalera de caracol.

El poder de la OPEP

Es verdad que todos estos cálculos podrían saltar por los aires si la OPEP diera un volantazo en su cumbre de junio. Para comprobar su influencia, basta con observar hasta qué punto la decisión de las monarquías petroleras lideradas por Riad destrozaron todas las previsiones sobre los precios del barril en 2014 y lo hundieron alrededor de un 60 por ciento contra pronóstico desde el verano de aquel año hasta finales de 2015. Nadie podía anticipar algo así.

Pero a pesar de su enorme influencia, el cártel de los grandes países petroleros está tan dividido que parece poco probable un giro inesperado. Matthew Bey, analista del think tank estadounidense Stratfor, lo afirma tajantemente: “No esperamos un acuerdo sustancial en junio”.

Principalmente, advierte Bey, porque las diferencias entre Irán, que acudirá como observador, y Arabia Saudí son insalvables (Riad exige que, si ellos reducen la producción, Irán haga exactamente lo mismo, algo inaceptable para Teherán), porque los debates siguen en el mismo punto que en las cumbres anteriores donde no hubo avances, porque la subida de un 65% de los precios del barril desde enero ha enfriado los incentivos para lanzar una intervención fulminante y porque los más desesperados (Argelia, Nigeria, Ecuador y Venezuela) carecen de auténtica capacidad de presión porque sus reservas no son comparables ni en volumen ni en coste de extracción con las de las grandes potencias de Oriente Medio.

Jean-François Seznec, profesor de la Universidad de Georgetown especializado en asuntos árabes, añade otro motivo por el que la cumbre de la OPEP de junio acabará, una vez más, en tablas: “Rusia se niega a reducir su producción”.

Seznec sostiene que los saudíes no solo están intentando destruir con esta guerra de precios a la industria del gas y el petróleo de esquisto en Estados Unidos o Canadá, sino que también están tratando de doblegar a Moscú por su injerencia en Siria y su apoyo a Irán. Cuentan con que los rusos no soportarán la presión gracias al efecto combinado del desplome del oro negro, de las sanciones que les ha impuesto Occidente por la anexión de la península de Crimea y de las viejísimas e inflexibles plantas petroleras locales, incapaces de adaptarse a shocks de oferta y demanda.

La partida de ajedrez continúa y en ella todos, menos Arabia Saudí y e Irán, somos peones.